24.4.18

SYLVIA IPARRAGUIRRE / RADAR

Hablábamos de admiraciones y de Ray Bradbury e  inmediatamente pensé en aquella frase de Salinger sobre que hay escritores a los que uno quisiera llamar por teléfono después de leerlos. 
  –Yo lo había leído a los 15 años, y lo que jamás pude imaginar fue que lo iba a conocer algún día. Fue para una Feria del Libro, cuando vino a la Argentina por primera vez. Estaba asombrado de la larga fila, como dos cuadras, que había para entrar en la Feria. Y se asombró mucho más cuando supo que hacían cola para verlo a él, con algún libro suyo bajo el brazo; eran sus fanáticos. Lo divino fue que cuando llegó la hora de cerrar, Bradbury pidió una botella de vino y dijo que dejaran por favor entrar a toda la gente que todavía esperaba afuera por una firma suya. Se vació la Feria, se cerraron las puertas y quedó solamente abierta la sala de Bradbury, firmando libros hasta la madrugada. Días más tarde hubo un asado en una quinta y ahí pude conocerlo de cerca. Era una persona accesible, cálida, con sentido del humor. Hay una historia suya que a mí me encanta repetir. Bradbury era muy pobre, tenía dos hijas y por entonces vivía en una casa muy pequeña, en California. No tenía lugar para escribir. Entonces iba al sótano de la Universidad donde había una larga mesa sobre la que estaban en hilera diez o doce máquinas de escribir trabadas por un mecanismo que se abría cuando se introducía una moneda de diez centavos de dólar; eso te daba media hora. Luego se volvía a trabar. Así que  escribía acuciado por el tiempo. Y lo gracioso de todo esto es que Bradbury contaba que Fahrenheit 451 le había costado nueve dólares con setenta y cinco centavos. 

23.4.18

CINE Y ARQUITECTURA EN EL BAFICI 20

"Moriyama escucha música noise sentado en el suelo frente a su equipo de alta fidelidad. Es un coleccionista de CDs de música industrial, ama a Otomo Yoshihide. Reconozco que jamás había escuchado sus sinfonías, que van muy bien con la estética de la casa y con la teoría de los Sanaa, donde el terreno es un display que contiene piezas interdependientes. El vacío entre las piezas construye la comunicación y circulaciones. La música se vive como pequeños episodios sónicos muy diferentes unos a otros, unidos simplemente por la proximidad.
Con la misma metodología de proyecto los Sanaa hicieron otros edificios tan o más interesantes que esta casa, como el Museo de Kanazawa, de 2004. Rebecchi, que es también un melómano del noise, dice que Yoshihide no deja de tocar instrumentos o bandejas (muchos de estos músicos son DJs); pero en lugar de pasar la púa por los surcos de los discos, las frotan contra diversas superficies que ponen a dar vueltas. O trabajan sobre guitarras ya no pulsando las cuerdas con los dedos, ni con martillitos en el caso de pianos, sino con arcos rígidos o caños especiales.
El documental es una maravilla realizada por Ila Bêka y Louise Lemoine, que son los autores también de Koolhaas Houselife, la película sobre la casa para un inválido de Rem Koolhas, que estaba contada por la mucama. El único inconveniente que le veo a Moriyama-san es un temita de comunicación que tienen el director y el propio Moriyama: se entienden poco con el inglés. A veces cansa un poco todo este esfuerzo por mantener un diálogo, aunque a veces también rinde espontáneamente algún fruto. Como en el momento en que el director le pide permiso para grabar un instante, con mucho respeto, el lugar donde el japonés enterró las cenizas de su perro. Hay una estatuita de madera marcando el sitio en un cantero. El occidental da por sentado que el oriental es dueño de una espiritualidad suprema, pero Moriyama cambia el muñequito –al que llama Cristo, riéndose, porque parece más un Martín Fierro que un Cristo- por su botella de agua mineral, que es casi de la misma estatura. Y agrega que tal vez ahora sea mejor."

18.4.18

TERCERA JORNADA DE LA CLÍNICA DE CUENTOS DEL GALPÓN / TEMPORADA CINCO

Estamos en pleno Bafici, por lo que pensaba empezar citando al gran John Waters, autor de Pink Flamingos y Hairspray,  unos párrafos de su libro "Mis modelos de conducta" (Caja Negra) que hablan de literatura. Pero me olvidé el pendrive y mañana por la mañana temprano tengo que seguir viendo películas por prensa, lo que me pone muy contento. Entonces dejaremos esa cita para el próximo reporte. Es re jugosa, confíen en mí. 

En la foto se ve un Kalimti, especie de fainá árabe, que hice con receta de la capa de Natalia Kiako.Acá va el link a su blog, para los que quieran pispear:

http://kiakothecook.com.ar/

Las recetas de Natalia salen o salen, esa es la verdad.

Leímos "Chicos que faltan", de Mariana Enrìquez. Ella dijo sobre su cuento en Radar:

"Tengo una amiga, una escritora, que perdió a sus padres, y pudo recuperar a su hermano, y cuando leyó el relato, creyó que estaba contando su historia, y eso no era lo que yo había pretendido. Yo había pretendido hablar de un mito inglés, el 'changeling', la historia de niños que son llevados a una especie de país de las hadas y que son sustituidos, en nuestro mundo, por niños idénticos que sin embargo no son los mismos. Quise hacer algo con ese tema y acabé, inevitablemente, hablando, sin darme cuenta, de los niños que se llevaron los militares y regresaron, pero ya no eran los mismos."

Tambièn leímos "El pan dulce del cesante", de Roberto Arlt y "El gesto de la muerte", de Jean Cocteau. Y corregimos los trabajos de Fernando, Nicolás y Claudio.

Tomamos dos botellas de vino tinto riquísimo que trajo Nicolàs, y empezamos a vislumbrar el frío del invierno -que ya llegará- contemplando la botella de Irish Whiskey Jameson que trajo Claudio.

Para el próximo miércoles necesito dos botellas más de vino, pónganse de acuerdo quién las trae. Voy a prepararles unos bocados brasileros de pollo que son un manjar. Empanados y fritos, para más datos. 

Pura promesa me salió este posteo.

13.4.18

PATRIZIA CAVALLI / AHORA QUE EL TIEMPO PARECE TODO MÍO

Ahora que el tiempo parece todo mío
y ya nadie me llama para el almuerzo o la cena,
ahora que puedo quedarme mirando
cómo se deshace una nube o cómo se destiñe,
cómo camina un gato por el techo
en la enorme lujuria de su exploración, ahora
que todos los días me espera
la inmensa extensión de una noche
donde no hay reclamo y no hay ninguna razón
para desnudarse a prisa, ni para descansar
en la deslumbrante dulzura de un cuerpo que me espera;
ahora que la mañana ya no tiene un comienzo
y silenciosa me libra a mis proyectos,
a todas las cadencias de la voz, ahora
quisiera inesperadamente las prisiones

Traducción: Diego Bentivegna

12.4.18

PATRIZIA CAVALLI / VAMOS A VER CÓMO FLORECES

Bien, vamos a ver cómo floreces,
cómo te abres, de qué color son tus pétalos,
cuántos pistilos usas, qué mañas tienes
para esparcir tu polen y repetirte,
si tu brotar es lánguido o violento,
qué porte adoptas, dónde te inclinas,
si al morir te resecas o humedeces,
adelante, pues, yo miro, tú florece.
Traducción Fabio Morabito

11.4.18

SEGUNDA REUNIÓN DE LA QUINTA TEMPORADA / CLÍNICA DE CUENTO DEL GALPÒN

“El sentido del lenguaje es muy importante y, como decía Flannery O`Connor, “buena parte del trabajo del escritor está ya hecho antes de que empiece a escribir, porque nuestra historia vive en nuestra forma de hablar”. No es lo mismo decir que hace calor o “calorón”, como se dice en Córdoba, o “calorazo”, en la provincia de Buenos Aires. En Corrientes el lenguaje es muy visual: hay carteles para los accidentes de trabajo, donde muestran una ruta, un auto, un cielo, ese cartel me está diciendo cómo son. Una señora de Amaicha me dijo, cuando le pregunté  si tenía perro: “unito”.”

El texto es de Hebe Uhart, del libro “Las clases de Hebe Uhart”, de blatt & ríos. A Lucrecia Martel le escuché decir:

“No sé por qué los cineastas tenemos tan mal oído. Los personajes en el cine se ven obligados a decir lo que no dirían en una conversación en la vida real. No se me ocurre quién pudo haber tenido alguna vez un diálogo de telenovela amorosa. “Yo te quiero, José Alberto”. No sé quién tiene tanta claridad en los sentimientos, más bien pasa lo contrario: normalmente se esconde lo que debería decirse. Por eso es muy importante escuchar la omisión, lo que es difícil de hablar, lo que se supone porque se comparte; todo eso es lo más significativo de un diálogo. La forma sonora que emitimos es muchas veces más expresiva que el sentido de las palabras.

Mi primer y único consejo a la hora de escribir es ir anotando todas esas palabras encontradas en la ciudad, en una libreta o un grabador. Todas sirven, y suelen ser más jugosas que las que uno puede pensar encerrado en su escritorio.

“¿Qué clase de arte marcial es la catequesis?” “No sabían para dónde disparar”. “Me acroqué”. “¡Pero qué linda sombra tiene la señora!” “Las palomas hacen sonidos acuáticos”. “Me puse los zapitos que me regalaste, no te paniques”. “Efectivi wonder”. “Discapatados”. “La pancha vive bien”. “Fue educado en el shaolinato de Morón”. “Después de los cincuenta, Ailín, en las mañanas siempre saquito de hilo”. “Acabamos juntos por Skype”. “¡Quién lo ve a Banfield en la Libertadores!”. “Fui teflón”. “La guita va por un lado y los afectos por otro”. “¡Ojalá te mueras pronto y que sea para siempre!” (Mis últimas adquisiciones)

La pasamos muy bien en esta segunda reunión. Leímos “La muñeca” de Silvina Ocampo (“Los días de la noche”, Sudamericana) y “El caballo de porcelana”, de Pablo de Santis, Editorial Alfaguara). Leyeron Jonatan, Pablo y –un texto de gran belleza- Marina. A ella le recomendé que se consiguiera “Enero”, de Sara Gallardo.
Comimos los bocaditos de jamón crudo y cuatro quesos que se ven en la foto. Masa de pizza. Los hice con una receta del feis. Tomamos dos botellas de vino fresco, rico; una de rosado y otra de blanco, que trajo Fernando. Gracias, Fer.